Mujeres en Ciencia: Susannah Buchan La canción de las ballenas chilenas

Mujeres en Ciencia: Susannah Buchan La canción de las ballenas chilenas

 

Son tan extraordinarias las ballenas azules y sabemos tan poco sobre ellas. No hay registro de que haya existido un animal más grande en nuestro planeta: tan larga como una cancha de básquetbol, pesada como treinta elefantes, con un corazón que es casi un automóvil pequeño. Y, sin embargo, apenas las conocemos: luego de un siglo de la cacería más brutal que haya sufrido el océano —recién prohibida en 1983—, lograron sobrevivir sólo el uno por ciento de las que alguna vez coparon los mares. Hoy, se estima, podrían existir diez mil, pero es muy difícil saberlo. Tal vez por miedo al hombre, rara vez se dejan ver, y no hay tecnología que pueda rastrear sus migraciones. Suelen cruzar el océano en grupos pequeños o en soledad, y nadie las ha visto nunca reproducirse, ni se sabe dónde están la mayor parte del tiempo.

Pero sí sabemos una cosa esencial: que cada verano, un grupo de al menos quinientas vienen a alimentarse a las violentas aguas del golfo del Corcovado, al sur de Chiloé, y que se quedan allí hasta el invierno. El descubrimiento lo hizo en 2003 el biólogo Rodrigo Hucke, de la Universidad de Concepción, y atrajo a investigadores y documentalistas de todo el mundo. Entre ellos a Susannah Buchan, una oceanógrafa inglesa de 25 años, que viajó hasta el sur con un hidrófono viejo que había tomado prestado de la Armada de Escocia. Su objetivo era grabar el lenguaje secreto de las ballenas azules: los cantos que emiten durante semanas con una potencia similar a la del despegue de un Boeing 747, pero a una frecuencia inaudible para oídos humanos. Esos cantos, compuestos por una sofistica serie de versos y estrofas, podrían ser la forma en que los machos localizan con las hembras en la oscuridad del océano.

Pero también son un dialecto: cuando la oceanógrafa llegó a Chile, sabía que cada uno de los nueve grupos de ballenas azules conocidos en el mundo poseía un canto propio, reconocible. Por eso, si lograba grabar y escuchar la canción de las ballenas chilenas —acelerándola hasta volverla audible para sus oídos expertos—, podría tener una idea clara de desde dónde habían migrando exactamente, o si eran un grupo totalmente desconocido para la ciencia.

—Yo pensaba que podía ser un grupo del que no sabíamos nada, que había pasado bajo el ra dar —dice Susannah Buchan, de 35 años, investigadora de la Universidad de Concepción—. Pero es muy difícil estudiar a las ballenas azules. Son tan inteligentes, tan evasivas. Yo quería entender qué estaban diciendo estas ballenas, si tenían su propia canción. Si era así, entonces eran una población de la zona, que dependía de ese lugar. Y había que intentar protegerlo.

Ese deseo de proteger a las ballenas ha marcado toda su vida. Uno de sus primeros recuerdos tiene que ver con eso: la tarde de sus seis años en que caminaba por St. Andrews, un poblado pesquero al sureste de Canadá, y vio a una enorme ballena jorobada azotarse violentamente contra una red de pesca. Esa visión —la desesperación de un animal majestuoso, enfrentado a la muerte— nunca pudo borrarla de su cabeza. Luego supo que el hombre había llevado a las ballenas al borde de la extinción, y sintió esa especie de pavor que la llevaría a hacer talleres de biología marina, y mucho después a estudiar Oceanografía en Francia e Inglaterra.

En esas clases entendió cómo funciona la belleza de los equilibrios marinos: de qué forma, por ejemplo, la lluvia que cae sobre los volcanes carga de nutrientes los ríos, que luego permiten que crezca fitoplacon en el mar, con el que se alimenta al krill —un crustáceo diminuto—, que las ballenas comerán por toneladas en cada día de su estancia en el golfo del Corcovado.

—Eso me abrió la mente para entender a las ballenas como parte de un sistema ecológico. Si proteges el sistema, las proteges a ellas —dice Susannah, que en 2007 se instaló en Melinka, la primera isla al sur de Chiloé, para intentar oír a las ballenas chilenas. Luego de pasar varios veranos persiguiéndolas en barcazas pesqueras, grabando sus primeros cantos con un hidrófono, entre 2012 y 2013 instaló, como investigadora de la Universidad Austral, diez boyas acústicas que grabaron durante un año y medio cada canción emitida en el fondo del océano.

El resultado de esas grabaciones —miles de cantos por día, superpuestos en un caótico coro del mar—, le permitió publicar junto a Rodrigo Hucke, en la revista Marine Ecology Progress Series, un paperque confirmó sus sospechas sobre las visitantes del sur de Chile: tras analizar los patrones de las estrofas, llegaron a la certeza de que ese canto no había sido registrado en ningún otro lugar del mundo. Era el décimo canto, el canto de las ballenas chilenas.

—Había sonidos que nadie esperaba, unos sonidos agudos, como de canarios. Esos son los que definen al canto chileno —dice la oceanógrafa, que lleva varios años intentando proteger los bancos de alimentación de las ballenas en el golfo del Corcovado—. En el caso de las ballenas azules, hay que preocuparse del paso de los barcos pesqueros, que generan contaminación acústica y las atropellan. Esas colisiones directas no son reportadas.

El gran aumento de la contaminación sonora que genera el tráfico de barcos en el océano, que desde 1970 han multiplicado su número por cuatro, ha reducido fuertemente las distancia que pueden recorrer los cantos de las ballenas, de 1.600 kilómetros a poco más de cien. Ese ruido las deja prácticamente ciegas, incapaces de reaccionar frente a las embestidas de los barcos. En la última década, Susannah Buchan ha participado de varias propuestas para proteger el golfo del Corcovado, disminuyendo el ruido de los barcos y desviando sus rutas de las zonas de alimentación, pero éstas no han sido escuchadas. Actualmente explora el golfo con un dron submarino, una tecnología capaz de detectar los cantos en tiempo real y enviarle a su computador la ubicación exacta de las ballenas. Su sueño es algún día usar esa tecnología para monitorear los mares de Chile —como se hace en Estados Unidos—, y así alertar a los barcos para que no sigan atropellando a las ballenas azules en Chiloé, a las ballenas francas en el puerto de Valparaíso y a las ballenas fin en Chañaral de Aceituno.

Es una tarea difícil, dice, pero urgente: de no hacerse, las ballenas podrían buscar un lugar más tranquilo donde alimentarse en el futuro, y los mares de Chile quedarían en silencio.

La Tercera